Mis primeras acuarelas fueron un regalo que recibí a los ocho
años, con motivo de una larga convalecencia en cama. Se produjo
una semana después de mi primera comunión. Así
que de aquel periodo solo me quedan imprecisos recuerdos entremezclados:
mucho calor, varias horas de sed después de aquella intervención
quirúrgica... Por lo demás todo fueron parabienes.
Estaba encantada de ser el centro de atención de toda
mi familia, conocidos y amigas. De repente todo el mundo se interesaba
por mí y me prestaba una atención impropia en aquella
época.
Instalaron mi cama en lo que hasta entonces había sido
el salón, o sala de estar como la solíamos llamar. Era
aquella una estancia de proporciones bastante aceptables, con un ventanal
bajo y grande que daba directamente a la calle. Resultaba muy cómodo
tanto para los de dentro como para los de fuera, pues con solo acercarse
a la ventana y decir:
- ¡Que! ¿y la niña, cómo sigue?
se daba por cumplida
la misión de preguntar y saber quién pregunta. Como tenía
tanto calor y tanta escayola, me pusieron en esa habitación,
considerada la más fresca y mejor de la casa.
Recibía visitas casi todos los días.
Me aficioné a leer cuentos como una posesa y dibujaba muchas
horas, porque era lo que más me gustaba.
Un dia vino a verme mi primo Rafa acompañado
de su novia Mari Carmen; me hicieron el mejor regalo de mi infancia.
Un grandísimo estuche de acuarelas, con noventa y dos colores.
Yo no podía creerlo. Nunca habia visto tantos colores juntos.
Mis ojos brillaban de satisfacción, de puro gozo.
Aún hoy las miro y mis ojos pierden treinta años de golpe.
Naturalmente no supe qué hacer con ellas.
La ilustración de la tapa recuerda una escena de "Ben-Hur",
carros romanos tirados por caballos desbocados en plena curva de la
carrera; los aurigas, látigo en mano, sujetando fuertemente las
bridas. Son inglesas, de la firma "Page London".
Ensucié la mayoría de los colores y como no tenía
papeples apropiados, ni sabía cómo se coloreaba con ellas,
emborronaba los cuadernos de colorear que me regalaban.
Tiempo después el mismo primo me hizo un dibujo sobre cartón
para que lo coloreara. Un personaje infantil y cabezón conduciendo
una carreta tirada docilmente por un burrito. Lo rellené de colores
lo mejor que supe y mi madre lo enmarcó. Diez años después
el burrito seguía en la pared, para moritificación mía
ya que desde el primer día lo encontré infantil y ñoño.
No he vuelto a mojar un pincel en acuarela
hasta que cumplí los cuarenta.
He pintado con oleo, óxidos colorantes
para cerámica, témperas, acrílicos, ceras..., pero
jamás acuarela. Mucha gente está de acuerdo en lo rápido
que pinto con otras técnicas. Así que pensé: "¡debo
intentarlo!".
Me siento ávida por experimentar este nuevo lenguaje.
Texturas, efectos, impresiones... No obstante mi experiencia en otras
artes plásticas me advierte que tenga un poco de paciencia y
aprenda de quien tiene mayor talento y experiencia.
Yo solo puedo comprometerme a intentarlo.
Espero encontrarte ahí, siguiendo mis peripecias. Te ofreceré
la cosecha de la temporada. O mejor, del día a día.