Soy una gran soñadora. Textualmente. Sueño historias con
principio y fin. A todo color. Tan reales que aunque despierte, quedan
sus imágenes prendidas a mi espíritu durante todo el dia.
Delicioso si el sueño es bueno, pero sobrecogedor y capaz de
abrumar a mi alma con pesadumbre y dolor en caso contrario.
En esas ocasiones
necesito parir algo. No siempre es un feliz parto donde al final hay
algo hermoso que contemplar o leer. Pero si el torbellino de la vida
me lo permite, solo a veces ocurre, me detengo y extraigo una impronta
de esas fuertes impresiones que atenazan al alma desde que son soñadas.
Pintar con oleo me permite recordar con más
tranquilidad que, por ejemplo, con la acuarela. Son por eso, tal vez,
obras más reflexivas, más reposadas, dotadas de una realidad
idealizada en muchos sentidos.
Mujer
soñando
La mujer se despierta y anda desnuda
por las estancias vacias de ese palacio demasiado grande,
demasiado vacio para alguien que se siente tan sola.
A su piel llega la tibieza de ese sol
que entra eternamente por los amplios ventanales.
Sabe, demasiado bien,que no va a encontrar a nadie,
mientras sus piés desnudos exploran las estancias.
Igual que sabe que las debe explorar eternamete...
porque así es soñada...
Que solo hallará descanso cuando yo despierte.
Pinto soledades igual que podría pintar
Maternidades o Marinas. Es muy simple.
Mis mujeres,
como yo las llamo, van desnudas porque creo que el cuerpo desnudo es
más vulnerable, más expresivo y rico en matices que cuando
vamos con ropa.
Me obsesionan
sus espaldas. Lógico, pues esa parte del cuerpo condiciona en
mí la existencia para bien y para mal. Por otra parte es mucho
más atrayente y misterioso un cuerpo que esconde el rostro. Puede
ser cualquiera. Puedo ser yo. Puede ser alguien que un dia amamos, que
perdimos, que podríamos llegar a ser. Me encanta el abanico de
posibles identidades.
De otro lado, conozco menos la psicología
masculina. Me reconozco e identifico menos con ellos y con su expresión
corporal. Aunque me atraen, no me siento cómoda dibujando hombres.
Un dia descubrí la obra fotográfica
de David Hamiltony me fascinó. Algunos de mis desnudos se inspiran en
sus mujeres. En mayor o menor grado todos interpretamos,
acertadamente o no, a quienes admiramos. Sobre todo al principio del
camino, sea cual sea éste.
Hay temporadas en las que siento una especial
apetencia por los colores cálidos, anaranjados, ocres...
Noto su efecto acariciador y maternal mientras los extiendo. Puedo imaginar
sin esfuerzo lo que siente la figura al estar rodeada de ese color tan
agradable para mí en ese momento. Elijo temas y colores por puro
impulso: a veces acierto y otras no tanto. Soy de la opinión
de que los fracasos forman parte del aprendizaje desde siempre.
Un apartado especial se merecen los paisajes relacionados con la campiña.
No solo crecí viéndola a diario, sino que con frecuencia
recorría las interminables carreteras que la surcan de parte
a parte. Por lo tanto conozco la luz cambiante en todas sus estaciones.
Desde el amanecer recién nacido, pleno de lomas ondulantes, con
suaves tonalidades violetas en la lejanía, hasta los rojizos
atardeceres que imprimaban todo lo visible hasta el mismo pié
de la carretera. Me fascina ese puzle multicolor que contemplo, lleno
de puntos lejanos y cercanos olivos, cumpliendo con exactitud su complicada
planificación.
Trato de escucharlos y entender lo que dicen. Pero ni siquiera en mi
memoria puedo retener el paisejae vivo, que ya ha cambiado, como la
luz, inasible hasta la deseperación, de Monet. Visiones aéreas,
cuyo punto de vista goza de una gran amplitud, incursiones a las entrañas
de nuestra tierra, que a veces nos descubren subterráneos paisajes
de caprichosas formas...
No pretendo inmortalizar un paisaje. ¡Ojalá
pudiera hacer eso!. Esa sensación de planos, de vastedad, un
volumen cabalgando a otro, la riqueza de sugerancias plásticas
acariciadas por el ojo, un instante, un momento solo, una impronta en
arcilla...
Impronta
de Paisaje
A
menudo el paisaje pasa a mi lado como un barrido de cámara lenta.
Escucho su lenguaje en forma de volúmenes reales o fingidos,
como las palabras de un actor. Oigo sus gritos en forma de colores hirientes,
o como quejidos, en las grietas resecas de la tierra. ¿Qué
murmuración contenida se esconde bajo ese aparente peso manso?
.
Hay una atracción fatal entre las ruinas y yo. No por las auténticas
y meritorias piedras milenarias. Me gusta la arqueología
y puedo llegar a enternder la fascinación que sienten las personas
que dedican su vida a este fín. Pero no es la clase de atracción
que siento por una casa en ruinas. Las techumbres combadas,
la verdina entrando en lugares que de otro modo no lo haría.
Esa melancolía del pasado inasible. Ver crecer yerbajos entre
escombros es ver cómo se abre paso de nuevo la vida.
Quisiera poder explicarlo mejor. Cuando voy en coche por un paraje y
veo una casa en ruinas, siento la tentación de parar y buscar
no sé qué. Oir ecos de sus antiguos habitantes. Por eso,
a veces, pinto detalles de esa ruina o construcción decadente.
Es como darle una última oportunidad. No sé quién
a quién. No sé a qué. Pero algo me impulsa a fijar
la vista allí y tengo que dibujarlo.
Si consigo un resultado satisfactorio algo dentro de mí se tranquiliza,
se calma. Al menos hasta que encuentro otra que provoca la misma alerta.
Lago
de la Encantada
El sol se expande
en cascada de oro con forro violeta. Y llega la tarde multiverde a
las tranquilas aguas del lago. Una libélula alerta a una rana
en alegre chapoteo. Ondas pequeñísimas y ondas infinitas.
El manso lago oculta tanta vida que durante unos felices instantes inquieta
la languidez de los párpados. El tinte violeta se va destilando
poco a poco en sombras verdeazules. El azul índigo está
próximo y en el cielo centellean ya las estrellas primerizas.
Me siento viva. Tanta belleza percibo que mi alma se relaja. Mi ansiedad
es saciada durante unos minutos o unos dias. Pero siempre vuelvo con
renovado anhelo y mis ojos fijos en el agua, vuelven a ser cuellos de
la misma ávida botella.